
Una mañana cualquiera comienza el dia y me preparo para comenzar una trituradora jornada. Mi Mujer como de costumbre, prepara todo lo relativo a la casa y al niño, dejándose a sí misma para el final, ya que un servidor de manera egoísta, se aferra a esos bellos y exiguos minutos del final de la madrugada.
Cuando mis huesos deciden de manera vigorosa y valentona, poner el primer pie en el frio suelo, es cuando realmente despierto, dejando despejada cualquier ensoñación.
En el momento que asomo al salón de estar, con los ojos como recién disputado el mundial de boxeo de los pesos pesados, mi hijo termina de ver un capitulo de Many manitas; no flaqueando ni un segundo en apuñalarme con su mirada más curiosa e indiscreta, una de esas miradas que los padres ya conocemos de sobra, y que hacen que en nuestra mente se repita esa frase de -¡Sal de aquí pitando!-.
Algo esta apunto de inquirir; algo que llevará desmenuzando en su investigadora cabecita hace tan solo un par de minutos, pero que de seguro me tendrá a mí el resto de la jornada “comiéndome el coco”.
Entro en el baño para poner en orden mi cabello con un par de litros de gomina de las del chino, y para baldear esa cara hinchada de boxeador que no desaparecerá hasta pasadas un par de horas, y es el instante que aprovecha el pequeño actor, para asomar su pequeña cabecita por el espacio que queda entre la puerta y el marco de esta.
Su mirada es la misma acuchilladora de hace unos segundos y es entonces el momento en el que empiezo a temer por la integridad de mi inteligencia; así que de este modo no me queda otra que echarme al ruedo a pecho descubierto y soltarle un decidido -¡Que! ¿Qué estas pensando pitufito?
El pobre diablillo, cree que lo que va a preguntar, es algo que un padre debe estar obligado a responder, porque, ¿acaso un padre no lo sabe todo? Nosotros estamos en el compromiso, de proporcionarle una respuesta coherente y de una manera natural; siempre ceñida a una aclaración escueta, directa y desmigajada, haciendo uso de vocablos y expresiones acordes a su corta edad, y dejándole siempre abierta la puerta de la reflexión, tan importante a esas cortas edades, y en estos tiempos que tanto ayunan de abstracción.
Iré al grano; así de locuaz y afilada fue la cuestión que inquietaba a mi indagador hijo: -Papá, si dios a creado el mundo ¿Quién creo a dios?-
Para un padre ateo como yo, no habría sido problema contestar algo, que ya está mas que aclarado en mi humilde capacidad intelectual, pero claro, en mi, residía otra preocupación; no puedo “convertir” a mi hijo al escepticismo, a la incredulidad y al ateísmo de la manera que lo hicieron conmigo en el caso contrario, cuando con tan solo unos pocos días de vida, mis padres concluyeron que había que “refrescarme” las ideas en una pila bautismal.
Si tanto he criticado esta y otras creencias, por su falta de objetividad, su inexactitud de ideas y conceptos, sus fabulosas leyendas patrañeras a la manera de Hans Christian Andersen; no puedo admitir, que mi hijo no haga uso de la mejor y más compleja herramienta conocida en el universo, como es el cerebro humano; así que igual que me auto-esculpí en mi mente una negación a lo no contrastable y al imaginario colectivo, decidí que mi pequeño deberá descubrir por sus propios medios el misterio de la vida.
He intentado no interferir en sus reflexiones; tan solo le he dado el apoyo a ellas mismas, pero más arduo, me parece controlar lo que la calle quiere inferirle a él. La escuela, los amiguitos del barrio, los abuelos, la televisión etc. Son campos en los que poco o nada tengo que hacer, pero que doy cuenta, que es algo a lo que deberá enfrentarse, para así fraguarse un conocimiento solido en ideas y principios.
La propia pregunta de esta criatura, despejaría dudas al devoto más ferviente, si tan solo se dignase a desatrancarse los oídos; pero la biblia habla de “fe ciega”, así, que desde mi punto de vista, la fe ciega no está situada en la razón, y por tanto, es algo que deshecho rotundamente.
Quizás fue la primera vez, que no me inventé una respuesta ante el desconcierto que me producía lo que mi hijo preguntaba, quizás fue la primera vez, que de veras me ponía en un apuro; y esto no se trataba de las abejitas que posan sus patitas en la florecita, para así diseminar las semillitas y de esta forma florezcan nuevos retoños para estar listos cuando venga la cigüeña; se trata de una reflexión demasiado profunda para un crio de cinco años; y tan profunda es, que del mismo modo merece una respuesta igual de profunda, así que no pude más que contestarle: -Hijo, tú mismo te has contestado-.
La misma pregunta, entierra el “bestseller” milenario; el superventas “LA BIBLIA”, acaba de ser descifrado por un pequeñín de 5 años, y tan solo con una escueta pregunta, que encierra tanto de verdad como de espontaneidad.
Se nos ha ido la pinza, y hemos hecho complejo lo fácil y confuso lo despejado.
QUE VIVAN LOS NIÑOS!!
............................................................Carrera, Fco.
